Te sientas. Miras alrededor. Te acercan la carta.
Todavía no has pedido nada, pero ya tienes una pequeña parte del restaurante entre las manos. Su textura, su peso, el color y la forma de abrirla empiezan a contarte dónde estás.
Y ahí hay mucho que diseñar.
Cuando pensamos en un restaurante, es fácil imaginar la iluminación, las sillas, la vajilla o esa barra donde apetece quedarse un rato más. El menú también merece un lugar en esa conversación. Está sobre la mesa, se toca, se abre, se comparte. Acompaña una de las partes más entretenidas de salir a comer: decidir qué vas a pedir y negociar qué vas a probar del plato de los demás.
Ahora estoy desarrollando una colección de menús, cartas de bebidas y portacuentas para un restaurante en cuya decoración participé. Me hace especial ilusión volver al proyecto a otra escala: del espacio a los objetos que el cliente tendrá entre las manos.
Haber formado parte de la decoración aporta un punto de partida muy personal. Conozco el lugar y las decisiones que ayudaron a darle carácter. Ahora toca llevar esa sensibilidad a piezas pequeñas, que se van a mirar de cerca y a utilizar todos los días.
Es una de las cosas que más me gustan de mi trabajo: poder seguir desarrollando un proyecto a través de sus detalles.
Pero trasladar la personalidad de un espacio a un menú tiene su propia lógica. Hay que decidir qué recoger de ese ambiente. Quizá un color, una textura o una línea que aparece en la decoración. A veces basta con un detalle bien elegido para que la pieza se sienta completamente en su sitio.
También hay espacio para introducir algo nuevo. Un interior inesperado, una combinación de materiales, un pequeño contraste. El menú puede tener personalidad propia y seguir hablando el mismo idioma que el restaurante.
Después viene la parte práctica, que también tiene mucho de diseño.
¿Cómo se abre? ¿Cuánto pesa? ¿Cabe cómodamente entre los platos y las copas? ¿Se puede leer con la iluminación de la cena? ¿Qué ocurre cuando cambia un plato o hay que sustituir una hoja?
Son preguntas que afectan al formato, a la construcción y a los materiales desde el principio. Una carta que resulta incómoda de manejar acaba dando trabajo al cliente y al equipo. Una solución bien pensada hace que algo tan cotidiano como cambiar una página sea fácil.
Y luego está la vida real: las manos, las manchas, la limpieza, el movimiento de una mesa a otra. Un acabado puede enamorarte en una muestra. Hay que imaginarlo también un sábado por la noche.
Por eso me gusta pensar en estas piezas como una pequeña colección, cada una con su función.
El menú principal necesita espacio y una estructura clara. La carta de bebidas puede ser más estrecha, más ligera y quedarse sobre la mesa mientras la conversación continúa. El portacuentas tiene otro momento y otra escala. También merece atención, aunque nadie esté especialmente deseando abrirlo.
No tienen por qué ser tres versiones idénticas en distintos tamaños. Pueden compartir una textura, una costura o un gesto gráfico y dejar que cada formato responda a su uso. Esa relación entre las piezas es lo que da continuidad al conjunto.
El logo también tiene su lugar. Pero antes de leerlo ya has visto el color, has tocado la cubierta y has notado cómo se siente el objeto. Todo eso cuenta algo del restaurante.
En Genuine & Unique, este trabajo conecta mi experiencia en interiorismo con el diseño y desarrollo de producto. Una idea que empieza en el espacio puede continuar en la vajilla, en los textiles y en la carta que llega a la mesa.
Volver a un proyecto en el que participé y desarrollar ahora estos objetos es una forma de seguir construyendo su personalidad. Con otra escala, otros materiales y preguntas nuevas.
Y con una escena muy concreta en mente: alguien abre el menú, se acomoda en la silla y dice: «¿Y si pedimos varias cosas para compartir?».
